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Su
ojo se deslumbró mirando el cielo a través de su telescopio. Azucena I. Semería Bruno |
Federico fue engendrado el 14 de abril de 1970, el mismo día del cumpleaños de su papá.
Su fecha de nacimiento estaba programada para mediados de diciembre. Finalmente nació, por cesárea, el 25 de enero de 1971. Nunca supe de otro diezmesino. Tenía el pelo y las uñas largas. La primera impresión que tuve de él fue desilusionante.
A los pocos meses, era un bebé que deslumbraba por su belleza.
¿Por qué tardó tanto Federico en nacer? Creo que, como a Don Miguel de Unamuno le dolía España a fines del siglo XIX, a Federico le dolía el mundo hacia el fin del siglo XX. Su vida, sus fotografías y sus dibujos lo ponen de manifiesto.
Era retraído. Desde la primera infancia, dedicaba largas horas al dibujo y a la lectura.
Detestaba los deportes y sólo el lanzarse en bicicleta o meterse entre pastizales, a pesar de las víboras, y su vida como boy-scout en Córdoba, le causaban placer.
Demandaba juegos de química, de mecánica y de electricidad. Armaba, incansablemente, aviones de plástico que colgaba del techo de su cuarto: un hangar de colores.
Contaba desde los diez años con su propio telescopio a través del cual, en medio de la serranía cordobesa, y más tarde desde el balcón de nuestra casa en Río Negro, empezó a descubrir los secretos del cielo. Su creencia en la existencia de algo superior le surgió tempranamente a través de estas observaciones y de la lectura de textos de astrofísica.
A los 16 años, después de cursar su 4º año en el Colegio Nacional de San Isidro, un día se plantó y nos dijo, en una apacible sobremesa, que quería terminar sus estudios secundarios en el Colegio Militar de la Nación y comenzar su carrera como oficial del ejército argentino. Esa noche, no dormimos. Apenas empezábamos a salir de la guerra que, desde el año 76, había dividido al país.
Nosotros tuvimos la posibilidad de vivir esos tiempos bucólicamente, lejos del epicentro de la contienda. Pero no nos sentíamos ajenos y sabíamos que Federico iba a sufrir. De nada sirvieron los argumentos. Él, como siempre, tenía en claro su decisión.
Fotos de Federico en el Colegio Militar




Su paso por el Colegio Militar duró tres años. Después dijo "ya aprendí todo lo que el Colegio puede darme. Y aquí no tengo futuro". Entonces decidió partir a lo que él llamó "el mejor cuerpo de elite que existe en el mundo": la Legión Extranjera en Francia. A nosotros nos costó unas cuantas sesiones de psicoanálisis.
Cuando partió hacia París, lo despedimos con la sensación de que era para siempre.
Después de un mes de silencio (aunque hubo una carta de por medio) estuvimos en contacto telefónico todos los domingos y a través de innumerables cartas procedentes de los distintos destinos: París, Nimes, Marsella, Castel Naudary, etc.
Fotos de Federico en la Legión, y su primera carta (fragmento)



Aubagne, 29 de octubre de 1992
.....todo comenzó el domingo 20 de setiembre, en París, donde luego de haber recorrido la ciudad durante cinco días, decidí dirigirme al fuerte de la Legión. En ese momento compartía la habitación con otro chico argentino. Nos levantamos esa mañana y él me sugirió ir a pasear al Pompidou. Como yo ya había estado, le dije que fuera solo, que yo iba a aprovechar la tarde para ir a averiguar lo de la Legión.
Bueno, terminé de almorzar, consulté los mapas que tenía, ya que el fuerte quedaba en las afueras de París, tomé el metro y, a las tres de la tarde estaba en la estación Fontenay-Sous-Bois, último lugar de referencia que tenía. Allí consulté a dos ancianas en una panadería, que me indicaron dónde quedaba el fuerte: a unas veinte cuadras de donde me encontraba. Me dirigí hacia el fuerte, hacía bastante calor. La verdad es que no podía pensar en nada concreto, cuando de repente me enfrento con un cartel enorme que decía "LEGION EXTRANJERA-OFICINA DE RECLUTAMIENTO A 200 m.". Creí que me desmayaba al pie del cartel, tenía piel de gallina y estaba duro (recuerdo que era un domingo a la tarde que es exactamente igual en todo el mundo: triste y las calles desiertas). Bueno, desde donde estaba, podía contemplar el fuerte imponente y lúgubre del siglo pasado, un frente de 300 metros de bloques de piedras enormes, con mucho pasto entre piedra y piedra, sin ventanas y con un sólo portón enorme igual al de los castillos, con una puerta normal calada en el medio.
En la puerta no había guardia, nada, parecía un fuerte fantasma. Me acerqué al portón despacio pero decidido, pensando en mil maneras de hacerme entender. Cuando me iba acercando, me percaté de que más de diez personas me seguían con la mirada desde los balcones de un edificio cercano, un hombre estaba en la calle lavando el auto. Se paró y con la manguera echando agua me miraba mientras me acercaba a mi destino. (Retomo la carta el 17/10/92). Sintetizando. Me acerqué al portón y por la mirilla me miraron dos ojos y se escuchó una frase que, pese a no entender, seguramente quería decir qué quería; le dije que venía a reclutarme, se cerró la mirilla, se escucharon unas botas, se abrió el portón y me encontré frente a un legionario de uniforme que me congeló con la mirada y me preguntó qué quería. Le repetí que venía a reclutarme, me preguntó la nacionalidad, me pidió el pasaporte y me preguntó si no tenía equipaje. Le dije que lo tenía en un hotel de París, me dio hasta las 22 hs. para ir a buscar el bolso y volver al fuerte. Volví a París, tomé las cosas, no podía pensar en nada, era una mezcla de sensaciones terribles.
A las 19.30 regresé al cuartel. Me revisaron el bolso, anotaron todo lo que tenía. Me dieron un buzo azul de gimnasia, me tomaron los datos personales, una revisación médica superflua y me dijeron que, al día siguiente, a las 2.00 de la mañana, o sea esa noche, salía un tren rumbo al centro de selección de AUBAGNE donde pasaría un mes de pruebas. Luego, me instalaron en una pieza con 27 muchachos de los más diversos lugares. Algunos hacía una semana que estaban allí; yo llegué justo el día anterior a la partida. Primero me percaté de que no había ningún argentino, luego de que no había ningún hispano parlante y finalmente, de que no había ni uno de todo el continente americano.
Cuando les contaba que venía de la Argentina se les transformaba la cara, eso a los pocos que sabían donde quedaba Argentina. Lo primero que decían todos era Maradona. Luego algunos me preguntaban si vivía en Río de Janeiro o en Buenos Aires. Un paquistaní me asombró cuando me preguntó por Menem, lo conocía porque era un "árabe" que llegó a ser presidente de un país latinoamericano..........
Federico ingresó a la Legión Extranjera el 21 de setiembre de 1992.
Nueve meses más tarde, posiblemente la noche del 19 de junio (porque al día siguiente era feriado nacional) a las 24 hs. alguien golpeó la ventana del frente de la casa. Mirábamos televisión y la presencia inesperada nos inquietó. Tardé unos instantes en reconocerlo. Abrí la puerta y solamente lo abracé y le dije a mi marido: es Federico.
Hubo un momento en el que cada uno de nosotros intentó entrar en la realidad. La sensación era de felicidad, inquietud, sorpresa; tal vez enojo. Y, al mismo tiempo, plenitud suprema. El mundo se retraía debajo de nuestros pies. Yo sólo atiné a decirle: andá a ducharte mientras te preparo tu cama y una buena comida. Su aspecto era deplorable. Acababa de desertar, venía huyendo, tenía miedo, había perdido el rumbo. Todo eso estaba en su mirada. No sé cómo pasó él esa noche; nosotros, como muchas otras, no dormimos.
Al tiempo, sólo nos comunicó que la Legión, como antes el ejército, lo había desilusionado. Ya no era el cuerpo de elite que se mostraba en las revistas de tirada internacional sino un mito francés.
Más tarde nos contó que había estado en Yugoslavia y que había visto la guerra de verdad por primera vez (sin participar en el conflicto).
A través de interminables charlas y anécdotas de su paso por la Legión, nos dimos cuenta de que Federico era incapaz de matar. Situación conflictiva para alguien con vocación de guerrero. Entonces supimos que hubo un instante en el que le dijo "Adiós a las armas", y empuñó otra arma: una cámara fotográfica ¿para registrar a quién?: a los más desgraciados del mundo y a los hombres en combate (admiraba al corresponsal de guerra, periodista y escritor Sr. F. Pérez Reverté), y quiso ser el ojo y el testimonio de todos ellos.
Estudió en el Instituto cinematográfico CYEVIC y en el Foto Club Buenos Aires, y se largó al mundo.
El registro de sus trabajos está en nuestras manos (además de los dibujos, a través de los cuales intentaba mostrar su visión de la realidad).
También contamos con su importante correspondencia y sus diarios de viaje.
Lamentablemente, el material de su último trabajo en Colombia está "desaparecido" de la faz de la tierra, como él.
Confiamos en que, alguien, con algún sentido del valor que tienen los registros históricos, esté preservándolo para que algún día salga a la luz. No importa que como él, llegue después del tiempo en que fue concebido.
| Personas admiradas por Federico |
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